En 1865 se produjeron avances relevantes en distintos ámbitos del conocimiento y la tecnología. Algunos de ellos pasaron desapercibidos en su momento, otros marcaron el inicio de trayectorias empresariales que hoy son referentes globales. Ese mismo año se fundó Elzaburu, en un entorno en el que la ciencia, la industria y la cultura comenzaban a organizarse en torno a la protección de la innovación.
Este artículo recogemos diez hitos que comparten año de origen con nuestra firma y tienen mucho que ver con la conformación de lo que hoy entendemos como propiedad industrial e intelectual.
Gregor Mendel presentó en 1865 sus estudios sobre la herencia genética. Aunque sus conclusiones no fueron reconocidas hasta décadas después, sus experimentos sentaron las bases de la biotecnología moderna, un campo que hoy genera miles de patentes cada año. Constituyen un ejemplo claro de cómo el conocimiento científico necesita tiempo para ser valorado y protegido.
Ese mismo año, el cirujano británico Joseph Lister comenzó a aplicar ácido carbólico (fenol) para esterilizar instrumentos. Su técnica redujo las infecciones postoperatorias y transformó la medicina, abriendo camino a la protección de innovaciones sanitarias y farmacéuticas. La antisepsia marcó el inicio de una nueva era en la cirugía, y su aplicación derivó en desarrollos patentables en el ámbito hospitalario.
James Clerk Maxwell formuló en 1865 las ecuaciones que unificaron electricidad, magnetismo y luz. Este avance teórico dio lugar a tecnologías como la radio, la televisión y las telecomunicaciones, todas ellas protegidas por propiedad industrial. La física fundamental, en este caso, se convirtió en la base de múltiples sectores industriales que hoy siguen evolucionando.
En Suecia, Alfred Nobel fundó su primera fábrica de nitroglicerina. Dos años después inventaría la dinamita. Su trayectoria muestra cómo un hallazgo científico puede convertirse en una innovación protegida y comercialmente viable. Además, su legado se consolidó en el ámbito de la propiedad intelectual con la creación de los premios Nobel, que reconocen la excelencia científica y literaria.
En 1865 comenzó a generalizarse la instalación de ascensores en edificios de oficinas, tras el desarrollo del freno de seguridad por Elisha Otis. Esta tecnología transformó el diseño urbano y permitió el crecimiento vertical de las ciudades. Su evolución técnica ha estado acompañada por múltiples desarrollos en ingeniería que han sido objeto de protección industrial.
En este mismo año, la red ferroviaria seguía ampliándose tanto en Europa como en América. En el caso español, se consolidaban las conexiones entre Madrid y ciudades como Barcelona, Valencia, Sevilla y Lisboa. Esta infraestructura, que transformó la movilidad y el comercio, se apoyó en miles de desarrollos técnicos protegidos mediante patentes: desde locomotoras hasta sistemas de señalización y materiales de vía. El ferrocarril es un ejemplo claro de cómo la propiedad industrial ha sido motor de progreso en sectores estratégicos.
Henri Nestlé desarrolló en 1865 una fórmula para la alimentación infantil que dio origen a la empresa Nestlé. Hoy, la compañía es un referente mundial en gestión de marcas, con una estrategia sólida de protección de identidad corporativa. Su evolución demuestra cómo una marca bien registrada puede mantenerse vigente durante más de siglo y medio.
Lewis Carroll publicó ese año “Alicia en el País de las Maravillas”, obra que se convirtió en un clásico de la literatura infantil. Su éxito demuestra el valor de los derechos de autor en la difusión y protección de obras creativas. La propiedad intelectual ha permitido que esta obra se adapte, traduzca y comercialice en múltiples formatos y territorios.
En 1865 se logró instalar con éxito el primer cable telegráfico entre Irlanda y Terranova. Esta hazaña técnica revolucionó las comunicaciones y dio lugar a patentes en telegrafía, marcando el inicio de la conectividad global. La transmisión de mensajes en tiempo real entre continentes fue el germen de las redes que hoy sustentan la economía digital.
El proceso Bessemer se consolidaba en 1865, permitiendo producir acero de forma masiva y eficiente. Esta innovación fue protegida mediante patentes y se convirtió en la base de grandes infraestructuras y desarrollos industriales. El acero facilitó la construcción de puentes, trenes, fábricas y edificios, y sigue siendo un material clave en la ingeniería contemporánea.
Mientras estos avances se desarrollaban, Elzaburu nacía. Desde entonces, hemos acompañado a inventores, autores y empresas en la protección de sus creaciones. Compartir año de origen con tantos hitos relevantes refuerza nuestra vocación por proteger aquello que transforma el mundo. La propiedad industrial e intelectual no solo preserva el valor de las ideas, sino que impulsa su desarrollo y aplicación.
Elisa Prieto, Responsable de Gestión del Conocimiento en Elzaburu
La evolución de los remedios medicinales a la industria farmacéutica moderna está íntimamente ligada al desarrollo de la propiedad industrial, la protección de invenciones y la consolidación de sistemas regulatorios que hoy resultan esenciales para la salud pública. A lo largo de los siglos XIX y XX, el concepto de medicamento pasó de ser una promesa publicitaria sin respaldo científico a convertirse en un producto regulado, respaldado por patentes, evidencia clínica y control institucional.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el rápido crecimiento de las ciudades, la precariedad laboral y la falta de higiene generaron un entorno propicio para la propagación de epidemias. En medio de este contexto, la población, ansiosa por soluciones, se aferró a los llamados “Patent Medicines”.
Pese a su nombre, estos productos no eran patentes farmacéuticas en el sentido actual. En realidad, se trataba de marcas registradas bajo las que se comercializaban remedios supuestamente curativos, sin pasar por ningún control de calidad ni verificación de eficacia. Los fabricantes protegían el nombre y el secreto de la fórmula mediante el registro marcario, lo que les permitía operar indefinidamente mientras abonaran las tasas correspondientes.
La mayoría de estas fórmulas incluían alcohol, opiáceos y otros ingredientes de dudosa seguridad, y su venta era libre, incluso para niños, embarazadas o ancianos. Las consecuencias fueron inevitables: intoxicaciones, efectos secundarios graves e incluso fallecimientos.
En el siguiente vídeo, Elisa Prieto (Responsable de Gestión del Conocimiento en Elzaburu) nos resume cómo nacieron las Patent Medicines y por qué engancharon a la población; su papel pionero en el uso masivo de la publicidad; y cómo la regulación y la ciencia acabaron con estos “milagros” de botica.
https://www.youtube.com/watch?v=seoVgXrqK0o&t=10s
La creciente preocupación por la salud pública impulsó a colegios médicos y autoridades a actuar. Los profesionales sanitarios comenzaron a revelar la composición real de estos productos y sus riesgos, mientras los organismos reguladores desarrollaban normativas que imponían procesos de autorización para la comercialización de medicamentos.
Hacia la década de 1920, la mayoría de los patent medicines habían desaparecido, abriendo paso a un modelo sanitario más transparente y basado en la investigación científica.
La desaparición de las “patent medicines” marcó el inicio de una etapa completamente distinta: la industrialización del medicamento. Por primera vez, la investigación científica y la protección de la invención mediante patentes farmacéuticas se situaron en el centro de la producción. De este modo, los medicamentos dejaron de ser preparados artesanales para desarrollarse bajo procesos estandarizados y controlados.
En los archivos históricos de ELZABURU se conservan ejemplos relevantes de esta transición:
Creadas por James Crossley y registradas en España a finales del siglo XIX, nacieron como un remedio multiusos. Con el tiempo, evolucionaron hasta convertirse en un producto antiácido consolidado dentro del catálogo de la farmacéutica GSK, con presencia global.
Formulada en 1886 por el farmacéutico John Stith Pemberton, Coca-Cola se comercializó inicialmente como una “patent medicine” destinada a aliviar dolores de cabeza y problemas digestivos. Hoy, sin pretensiones terapéuticas, es una de las bebidas más reconocidas del planeta.
En 1884, el químico alemán Friedrich von Heyden obtuvo una de las primeras patentes para la producción industrial de ácido salicílico, un derivado de la corteza de sauce con propiedades analgésicas y antipiréticas. Posteriormente, en 1890, la empresa Bayer registró en España la patente de la diquinolilina, contribuyendo a consolidar un modelo de medicamentos fiables y estandarizados.
En 1907, el boticario Bernabé Fernández desarrolló Ceregumil, un tónico alimenticio para mejorar la digestión, a base de cereales, legumbres y miel. Registrado como marca en 1911, la empresa ha logrado internacionalizarse y hoy ofrece complementos alimenticios modernos, adaptados a las necesidades actuales.
Además, los archivos recogen registros históricos de otras marcas pioneras, como Listerine, Merck, Wellcome y Glaxo, que contribuyeron a dar forma al sector farmacéutico del siglo XX.
El paso de remedios publicitarios sin evidencia a medicamentos regulados fue posible gracias a la conjunción de tres factores clave:
El cambio social generado por este modelo llevó a la sociedad a dejar atrás las “medicinas milagrosas” y a exigir, precisamente, aquello que hoy reconocemos como los pilares fundamentales de la innovación farmacéutica: medicamentos seguros y eficaces, protegidos mediante la propiedad industrial y respaldados por una regulación sanitaria responsable. Actualmente, aunque el sector ha avanzado, estos principios siguen siendo esenciales y permiten que la innovación sea sostenible.
Elisa Prieto, Responsable de Gestión del Conocimiento en Elzaburu
A lo largo de la historia, España ha sido cuna de grandes exploradores, científicos e inventores cuyas contribuciones han sido clave en múltiples ámbitos del conocimiento. Sin embargo, en muchos casos, el reconocimiento y la fama de sus descubrimientos y avances han sido atribuidos a otros, relegando a estos pioneros españoles al olvido.
¿Por qué sucede esto? A menudo, el éxito de una innovación no depende únicamente de su genialidad, sino también de su difusión, comercialización y, sobre todo, de su adecuada protección. Un registro eficaz de patentes, modelos de utilidad y diseños es crucial para garantizar que el esfuerzo y la creatividad de los inventores sean reconocidos y recompensados.
Uno de los ámbitos donde las contribuciones españolas han sido fundamentales es el de la exploración geográfica. Durante siglos, los navegantes y científicos españoles abrieron rutas comerciales, documentaron territorios desconocidos y realizaron expediciones que ampliaron los límites del mundo conocido.
Por ejemplo, el jesuita Pedro Páez Jaramillo descubrió las fuentes del Nilo Azul en 1618, casi 150 años antes de que los exploradores británicos reclamaran este hallazgo. Del mismo modo, Lorenzo Ferrer Maldonado fue el primero en describir el Estrecho de Bering en 1588, aunque su nombre quedó eclipsado por el danés Vitus Jonassen Bering más de dos siglos después.
Del mismo modo, el jesuita José de Acosta documentó la Corriente Peruana en 1590, que terminaría conociéndose como la Corriente de Humboldt en honor al explorador alemán que la redescubrió en el siglo XIX.
España no solo ha sido un país de exploradores, sino también de inventores adelantados a su tiempo. Un claro ejemplo es Jerónimo de Ayanz, a quien muchos consideran el Leonardo da Vinci español. Entre sus invenciones se encuentran un traje de inmersión, un prototipo de submarino o una máquina de vapor patentada en 1606 (desarrollada más de un siglo antes de la reconocida máquina de James Watt).
Otro caso es el de Ramón Verea, quien en 1892 diseñó la primera calculadora capaz de realizar las cuatro operaciones aritméticas básicas. Sin embargo, nunca se interesó por su explotación comercial, por lo que su idea no se popularizó hasta los prototipos del suizo Otto Steiger.
Ángela Ruiz Robles, una maestra leonesa que en 1949 patentó la Enciclopedia Mecánica, considerada el primer prototipo de libro electrónico. A pesar de ello, popularmente se considera que el inventor del e-book es el estadounidense Michael Hart.
El médico militar Fidel Pagés desarrolló la anestesia epidural en los años 20 y su hallazgo fue publicado en revistas médicas españolas. Sin embargo, pasó desapercibido internacionalmente hasta que, una década después, el italiano Achilles Dogliotti reclamó la autoría del descubrimiento. Solo cuando se presentaron pruebas de los trabajos de Pagés, Dogliotti reconoció la verdadera paternidad de la técnica.
Estos son solo algunos ejemplos de la importancia de garantizar que las invenciones y descubrimientos sean reconocidos y protegidos. Muchas ideas innovadoras se han perdido en la historia no solo por falta de comercialización, sino también por la ausencia de una adecuada protección legal.
Hoy en día, los inventores cuentan con herramientas clave como las patentes, modelos de utilidad y diseños industriales, que permiten reivindicar la autoría de sus creaciones y evitar que terceros se apropien de sus avances sin reconocimiento ni compensación.
El éxito comercial puede depender de múltiples factores, pero asegurar el reconocimiento y la protección de la propiedad intelectual es el primer paso para que los inventores no solo “carden la lana”, sino que también disfruten de los frutos de su ingenio.
En Elzaburu, llevamos más de 160 años asesorando a inventores, emprendedores y empresas en la protección de su propiedad industrial e intelectual. Si tienes una idea innovadora, no dudes en consultarnos para asegurar su reconocimiento y explotación comercial.
Elisa Prieto Castro, Gestora del Conocimiento en Elzaburu
Uno de los factores más importantes para el progreso y desarrollo de las civilizaciones es la capacidad de las personas con ingenio para innovar y crear utensilios y procesos que mejoren la calidad de vida o los procesos de fabricación.
El último cuarto del siglo XIX se caracteriza por una gran explosión en el registro de nuevas invenciones y tecnologías y España, a pesar de haberse incorporado a la revolución industrial tardíamente, también experimentó un florecimiento innovador.
Nuestra firma ELZABURU (entonces denominada Vizcarrondo) fue testigo de excepción de dicha época por la escasez de profesionales de propiedad industrial en nuestro país. Observamos innovaciones en prácticamente todas las áreas productivas, pero nos han llamado la atención la gran cantidad de innovaciones en los siguientes frentes.
Aunque la revolución industrial en España se encontraba en un estadio muy incipiente, el desarrollo de las industrias manufactureras en países como el Reino Unido, Alemania o Francia, llevaron a un deseo creciente de materias primas como fuentes de energía y como materiales para la construcción de máquinas y equipos.
España era un territorio donde apenas se habían explotado los recursos minerales y materiales, por lo que se convierte en lugar de interés para las empresas de explotación minera y tratamiento de metales y minerales.
A finales del siglo XIX localizamos un buen número de patentes relativas a tratamientos y procesos sobre los minerales, como, por ejemplo, procesos de obtención de aluminio, purificación del plomo, obtención de hierro dulce… y un largo etcétera. Así mismo, es habitual descubrir nuevos sistemas y maquinaria extractiva como aparatos remolcadores o extractores.

Aparato para la extracción de minerales de Lorenzo Riera y Oliver (Privilegio nº. 4088)
En las últimas décadas del siglo XIX, Europa vivió una auténtica carrera por desarrollar un sistema de iluminación. Se patentaron grandes avances en la producción y distribución de energía y su aplicación a la iluminación de hogares y vías públicas. ELZABURU registra las patentes de Edison o Charles Francis Bush, pero también de españoles como Eusebio Molerá o Juan Cebrián, quienes también realizaron importantes invenciones en este campo.
Como dato curioso, si te estás preguntando quién patentó la primera bombilla ¡la respuesta no es Edison! A pesar de haber registrado cerca de 2.000 patentes en todo el mundo, fue Joseph Wilson Swan quien creó la primera bombilla en 1878. Te contamos con detalle esta carrera de la electricidad aquí.

Patente de mejora en las luces eléctricas de Edison (1879)
Aparecieron numerosos inventos relativos a medios de transporte, no sólo en lo relativo al ferrocarril (o, como aparecen mencionados en muchas ocasiones “caminos de hierro”) sino también a buques, carruajes, funiculares, etc.

Patente de motor eléctrico para ferrocarril y tranvía de The Patton Motor Company (1892)
El mundo de las telecomunicaciones, junto con el de la iluminación, es uno de los más fascinantes y contó con los mayores desarrollos tecnológicos, especialmente con el desarrollo del telégrafo y del teléfono.
Aparecieron numerosas invenciones y mejoras sobre la famosa patente de Graham Bell del teléfono, desde el desarrollo de micrófonos, timbres y campanillas hasta sistemas de conmutación para las centralitas telefónicas. Sin embargo ¿sabías que no es Graham Bell el verdadero padre del teléfono? Sino que fue Antonio Meucci quien inventó el teléfono.
Tal era el deseo por conseguir una comunicación inalámbrica a distancia, que ya en nuestros archivos de principios del siglo XX descubrimos algunos prototipos de teléfonos móviles, con una patente que data de 1902.

Europa sufre, a lo largo del siglo XIX, una época especialmente convulsa a nivel político, lo cual provoca el surgimiento de numerosos conflictos armados. Se va desarrollando así una importante industria bélica que basa su éxito en el desarrollo de nuevas máquinas y componentes explosivos.
Son frecuentes las patentes relativas a armas de fuego, tanto personales como para la artillería. Destacan aquí las patentes de Alfred Krupp, denominado “El Rey del Cañón” por la importancia que adquirieron sus invenciones en los enfrentamientos bélicos del ejército prusiano.
Así mismo, se patentan numerosos compuestos explosivos, entre los que destaca la invención de la dinamita por Alfred Nobel.
En definitiva, el último cuarto del siglo XIX marcó una época dorada para la innovación en España, con avances que transformaron industrias y cambiaron la vida cotidiana. ELZABURU jugó un papel crucial en la protección de estas invenciones, ayudando a que el ingenio de la época se tradujera en progreso tangible.
Hoy, más de un siglo después, seguimos comprometidos con la misión de proteger y promover la innovación que impulsa el desarrollo de la sociedad.

Todas las imágenes han sido extraídas del Archivo histórico de la OEPM: http://historico.oepm.es/buscador.php
Elisa Prieto, Responsable de Gestión del Conocimiento en el ELZABURU
El registro de las invenciones en España es una historia fascinante del desarrollo de nuestro país, que se remonta a más de 500 años atrás: ya en el 1.478 se concedían los llamados “privilegios de invención”, títulos concedidos por el Rey, que contaba para ello con el asesoramiento del Consejo Real, organismo en el que intervenían personas relevantes de la Corte que tuviesen conocimientos científicos o técnicos.
Sin embargo, no es hasta el siglo XIX cuando se desarrollarán los dos pilares en los que se sustenta nuestro sistema actual de protección: un organismo que concede los títulos y una normativa de protección.
Los primeros cimientos de nuestra actual Oficina de Patentes y Marcas se pusieron con la creación, en el 1810, del Real Conservatorio de las Artes y Oficios, que, entre otras funciones, se encargaba de la concesión de privilegios y patentes, al igual que ocurría en la Francia revolucionaria. Dicho Conservatorio pasaría por muchos avatares y cambios de denominación, hasta que en el año 1902 surge el Registro de la Propiedad Industrial y en el 1992 la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM).

Primer Privilegio de invención conservado, otorgado por Isabel la Católica
Por otro lado, en lo relativo a la normativa, aunque existen antecedentes en un Real Decreto de 1811, y a pesar de que incluso la Constitución de 1812, “la Pepa”, reconocía en uno de sus artículos la protección a los inventores, no sería hasta el año 1826 cuando se promulgó el Real Decreto de Privilegios Exclusivos de Invención e Introducción, que se considera la primera norma eficaz en el ámbito de las patentes en España.
De hecho, la numeración de los privilegios que se conservan actualmente en el archivo de la OEPM comienza a partir de esa fecha, con el privilegio concedido al francés Jean-Marie La Perriere, el 27 de marzo de 1826, que registró un molino movido a brazo.

Primer solicitante en la OEPM: Jean-Marie La Perriere con un molino movido a brazo (1826)
En 1865 Julio Vizcarrondo abre una oficina de propiedad industrial en Madrid, una de las primeras con esa especialidad del país y la única, si no estamos equivocados, que sigue funcionando en nuestros días. Años después se asociaría con su sobrino Francisco de Elzaburu Vizcarrondo para configurar el germen de la actual ELZABURU.
Con la nueva Ley de Patentes de Invención, promulgada el 30 de julio de 1878, los «privilegios de invención» cambian su denominación por «patentes», término que seguimos usando hoy en día.
Con la creación del Registro de la Propiedad Industrial en 1902 y la implementación de una nueva normativa que permitía el registro de modelos industriales, se inicia una nueva época en la protección de intangibles en España.
ELZABURU ha seguido evolucionando y desempeñando un papel protagonista en este ámbito, consolidando su posición como firma de referencia en protección de las invenciones del país.
Todas las imágenes han sido extraídas del Archivo histórico de la OEPM: http://historico.oepm.es/buscador.php
Elisa Prieto, Responsable de Gestión del Conocimiento en el ELZABURU